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La carta XII del Tarot, El Colgado, sostenida en alto frente a un bosque desenfocado

Filosofía

El Alma Pide Locura

Hay caminos fuera del jardín. Sobre la sed que el saber no calma, y la disposición que el alma estaba pidiendo.

La mesa

Una reunión de eruditos. Hombres sentados alrededor de una mesa con sus méritos sobre la madera, hablando, midiendo, sosteniendo cada afirmación con su prueba. No hay impostura en la escena. Cada uno hizo el trabajo: leyó, revisó, se corrigió, aprendió a no afirmar más de lo que podía demostrar. Y aun así, cuando vuelven a casa por la noche, algo sigue golpeando la puerta.

Conviene decirlo antes que nada, porque de otro modo todo lo que sigue se malinterpreta. La mesa no está equivocada.

Aprendimos a mirar así por razones buenas. La exigencia de prueba antes de creer no nació de la arrogancia. Nació contra la peste tratada con oración, contra el dogma que no admitía revisión, contra el que vendía milagros a quien no tenía con qué comprarlos. Fue una defensa, y funcionó. Nos dio medicina, métodos, la posibilidad de corregirnos a nosotros mismos. Nadie en su sano juicio querría devolverla.

Lo que ocurrió es lo que le ocurre a toda defensa que funciona demasiado bien. La muralla terminó siendo el mundo. Lo que empezó como un método para no ser engañados terminó como el único modo permitido de mirar. Y todo modo de mirar, por bueno que sea, recorta.

En la mesa no hay una sola afirmación falsa. Hay una cara de algo que tiene más caras, tomada por la cosa entera. Nadie mintió. Simplemente se dejó de girar el objeto.

Hay una sed ahí que el saber no calma. Y no lo va a hacer nunca. No porque sea poco, sino porque es de otro orden.

La silla ocupada

Lo que cambia no es lo que hay en la casa. Es qué decides reconocer.

Sueñas todas las noches. Cada tanto una certeza aparece entera, antes de que exista una sola razón que la sostenga. Las coincidencias ocurren con una frecuencia de la que nadie lleva registro. Nada de eso pide permiso ni espera su turno: está ahí, ocurriendo, desde mucho antes de que decidieras nada.

El reflejo entrenado es pasar de largo sin mirar. Se archiva como ruido, como resto del día, como casualidad, y se sigue caminando. Y el reflejo es bueno, es exactamente lo que hay que hacer con casi todo lo que aparece. El problema es que no todo lo que aparece es de la misma especie. Pedirle a un sueño su bibliografía no es rigor, es error de categoría. Es pedirle a un mapa que te diga cómo huele el bosque, y concluir que el bosque no huele.

Y lo que no pesa en esa balanza deja de existir. No porque no esté. Porque nadie lo contó. Llevas años comiendo en esa mesa con alguien en la silla de enfrente y nunca levantaste la vista.

Eso que el alma pedía era locura. No una pose romántica, ni una ruptura actuada, ni desprecio del intelecto. Solo la voluntad de mirar lo que todavía no puedes explicar sin exigirle la explicación de entrada.

Es un oficio difícil. Es callarse cuando lo que hay no se deja decir todavía. Es reconocer que hay verdades que están enteras antes de que el lenguaje pueda nombrarlas, y que el trabajo no es traducirlas de inmediato sino darles lugar hasta que decidan revelarse.

La esquina

Esa disposición no es solo un momento. Para algunos es una forma de vida, y los cuentos la retratan siempre igual.

Merlín ermitaño en su torre de cristal. Gandalf vagando por caminos. Las brujas en el bosque, en cabañas con techos de musgo. Los hechiceros en cuevas de montaña, en islas que no aparecen en los mapas. La sabia del pueblo en la última casa antes del campo, donde nadie va salvo cuando ya no queda otra cosa que probar.

Lo colectivo sabe esto sin haberlo estudiado. Los niños lo reconocen antes de tener palabras para nombrarlo. Cuando un personaje se aparta del camino y entra al bosque, sabemos que va a encontrarse con alguien que ya cruzó. No hace falta explicarlo. Es memoria popular de un oficio que la modernidad no supo dónde poner.

El mago vive aparte porque su saber no es solo saber de mesa. No se transmite en círculo cerrado de pares. No se acumula. Es otro tipo de cosa, y para sostenerlo hace falta otro tipo de vida. Una vida que tenga lugar en los bordes. Que mire al fuego desde fuera, sin dejar de verlo. Que reciba a los viajeros perdidos y les diga lo que necesitan oír, no lo que esperaban.

Hay algo curioso en esos magos: ninguno está sediento. No porque hayan renunciado a nada, ni porque sean mejores que los que se quedaron junto al fuego. Es que no le piden a la prueba algo que la prueba no puede dar. Su saber se verifica de otro modo.

Pero vivir aparte no es vivir lejos. El mago no se fue de la casa. Está en un lugar preciso de ella.

Hay casas viejas que no tienen puertas entre los ambientes. Tienen pórticos, arcos anchos que marcan dónde termina la cocina y empieza el comedor sin cerrar ninguno de los dos. La casa es una sola. Y en esas casas hay puntos donde varios pórticos convergen, desde los cuales se alcanza cualquier parte sin abrir nada. Basta un giro completo para ver la casa entera.

Esos puntos son las esquinas. Lugares de paso. Y sin embargo, a veces, hay alguien sentado ahí. El mismo que estaba enfrente en la mesa y nadie miraba. Alguien que no está yendo a ninguna parte, cuyo trabajo es simplemente estar en el cruce mientras los demás pasan.

En Grecia tenían un nombre para quien se sienta en ese cruce: Hécate Trioditis, Hécate de los tres caminos. Diosa de los umbrales, de los pasajes entre mundos. Su lugar de culto no era el templo, era la encrucijada misma. Donde un camino se bifurca en otros, ahí estaba ella. Los viajeros le dejaban ofrendas porque sabían que era la única que podía indicar cuál vía llevaba a dónde.

La mesa siempre estuvo en una casa así. El comedor nunca fue una celda, era una zona abierta. Lo que ocurrió es que en algún momento empezamos a levantar paredes, por las razones buenas que ya sabemos, y los arcos se fueron tapiando. Y cuando el último se cerró, lo que se perdió no fue un ambiente. Fue la esquina. Con paredes, ese mismo punto deja de distribuir y pasa a ser el rincón de un cuarto.

Esas paredes son más finas de lo que parecen. Muchas nunca se terminaron de construir. Lo que sostiene el muro no es el material, es la costumbre de no acercarse. Basta caminar hasta ahí para descubrir que sigue habiendo un arco donde uno juraba que había una pared. No hay nada que demoler. Hay que dejar de olvidar que había paso abierto.

Esa es la geometría que el alma pide. No un cuarto mejor que el de la mesa. La posición desde la cual todos los cuartos siguen siendo alcanzables, y donde quien está sentado no necesita demostrar nada porque su presencia ya es la posición.

Y nadie nace en la esquina. Todos pasamos primero por la mesa. Ahí se aprende a hablar, a articular, a sostener lo que uno afirma. La esquina viene después, cuando la mesa empieza a quedar chica y algo del alma empieza a golpear la puerta.

El jardín

Entre los siete Endless de Sandman, las siete entidades que personifican las grandes funciones del cosmos en la obra de Neil Gaiman, hay una que dejó de ser lo que personificaba.

Delirium era antes Delight. Deleite puro, sin filtro, un jardín florecido permanentemente. Algo pasó. Nadie sabe del todo qué, y Gaiman no lo explica. La propia Delirium, en uno de sus pocos momentos de lucidez plena, se lo dice a Destino, el que carga el libro donde está escrito todo:

"¿Sabes por qué dejé de ser Delight, hermano? Yo sí lo sé. Hay cosas que no están en tu libro. Hay caminos fuera de este jardín."

Destino tiene el saber más completo que existe. El libro contiene literalmente todo lo que ha sido y será, y no hay un solo error en él. Su jardín es perfecto, es coherente, es completo. Y aun así hay caminos por fuera. El jardín no falla, simplemente no es el todo.

Lo que queda cuando alguien sale de ese jardín es Delirium. El Deleite sostenido demasiado tiempo contra la totalidad de lo real se rompe. Y lo que queda cuando el deleite se rompe pero no se apaga, eso es ella. Cabello multicolor cambiante, ojos disparejos, una palabra rota cuando intenta hablar coherentemente.

Y Gaiman lo establece con toda intención. Cada uno de los Endless es también su propio opuesto. Sueño es también pesadilla. Muerte es también vida. Delirium, por lo tanto, es también la cordura. No la cordura defendida del que nunca cruzó, sino la que se rompió y volvió.

Odín colgado

En el Hávamál, uno de los textos centrales del Edda Poético islandés, Odín cuenta cómo descubrió las runas. Es el dios de los magos, los poetas y los guerreros locos, y también el dios del conocimiento del panteón nórdico. Si alguien podía llegar a las runas estudiando, era él. Pero no fue así como llegó.

Sé que pendí de ese árbol mecido por el viento
nueve noches enteras,
herido por la lanza, ofrecido a Odín,
yo mismo a mí mismo,
en aquel árbol del que nadie sabe
de qué raíces brota.

Pan no me dieron ni cuerno;
escruté las profundidades,
tomé las runas, las tomé gritando,
y caí del árbol.

Odín se cuelga del árbol cósmico. Se atraviesa con su propia lanza. Nueve noches sin comer, sin beber, suspendido sobre el vacío. Es la postura exacta del arcano XII, El Colgado: el que queda cabeza abajo y desde ahí ve lo que de pie no veía. Y cuando alcanza la profundidad, toma las runas gritando y cae del árbol.

Sjalfr sjalfum mér. "Yo mismo a mí mismo." No hay ningún otro a quien rendirle la ofrenda. El que quería conocer y el alma que pedía locura son la misma persona buscando desde lugares distintos, y la única forma de cerrar la distancia entre las dos es que la primera se entregue a la segunda. La parte que estudia se ofrece a la parte que ya sabe. Y solo entonces se recibe lo que estaba esperando.

Vale la pena mirar el lenguaje antiguo con el que está hecho el nombre del dios. Wōđanaz viene de una raíz que significa a la vez furor de batalla, frenesí poético e inspiración. Adán de Bremen lo describió así: Wodan, id est furor. Wodan, es decir, el furor. En esa lengua, magia, locura y poesía eran una sola palabra, mil años antes de que ocurriera la separación.

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Sobre el autor

Jimmy Mora Vinces

Fundador de Arche. Escribe sobre filosofía, cultura y tecnología.

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