La mesa
Una reunión de eruditos. Hombres sentados alrededor de una mesa con sus méritos sobre la madera, hablando, midiendo, sosteniendo cada afirmación con su prueba. No hay impostura en la escena. Cada uno hizo el trabajo: leyó, revisó, se corrigió, aprendió a no afirmar más de lo que podía demostrar. Y aun así, cuando vuelven a casa por la noche, algo sigue golpeando la puerta.
Conviene decirlo antes que nada, porque de otro modo todo lo que sigue se malinterpreta. La mesa no está equivocada.
Aprendimos a mirar así por razones buenas. La exigencia de prueba antes de creer no nació de la arrogancia. Nació contra la peste tratada con oración, contra el dogma que no admitía revisión, contra el que vendía milagros a quien no tenía con qué comprarlos. Fue una defensa, y funcionó. Nos dio medicina, métodos, la posibilidad de corregirnos a nosotros mismos. Nadie en su sano juicio querría devolverla.
Hay una sed ahí que el saber no calma. Y no lo va a hacer nunca. No porque sea poco, sino porque es de otro orden.
La silla ocupada
Lo que cambia no es lo que hay en la casa. Es qué decides reconocer.
Sueñas todas las noches. Cada tanto una certeza aparece entera, antes de que exista una sola razón que la sostenga. Las coincidencias ocurren con una frecuencia de la que nadie lleva registro. Nada de eso pide permiso ni espera su turno: está ahí, ocurriendo, desde mucho antes de que decidieras nada.
El reflejo entrenado es pasar de largo sin mirar. Se archiva como ruido, como resto del día, como casualidad, y se sigue caminando. Pedirle a un sueño su bibliografía no es rigor, es error de categoría. Es pedirle a un mapa que te diga cómo huele el bosque, y concluir que el bosque no huele.
Eso que el alma pedía era locura. No una pose romántica, ni una ruptura actuada, ni desprecio del intelecto. Solo la voluntad de mirar lo que todavía no puedes explicar sin exigirle la explicación de entrada.